El eco de San Telmo treinta mañanas después
La llamada
Todo empezó tres semanas antes de la ceremonia, con una llamada de teléfono un martes cualquiera. Un martes sin nada especial, de esos que se olvidan antes de terminar.
Descolgué y una voz que no conocía me dijo: «Buenos días, llamamos del Gobierno Vasco, la directora de Comercio quiere hablar con usted, ¿le paso la llamada?». Y ahí me puse a temblar. No por lo que venía (eso todavía no lo sabía), sino por lo que uno teme siempre que suena un teléfono así, a media mañana, sin avisar. Ni siquiera me acordé de que estábamos en pleno proceso de la convocatoria. Solo pensé: algo va mal.
Entonces se puso Izaskun Gómez, la directora de Comercio del Gobierno Vasco. Y me lo dijo ella misma, con su propia voz, sin protocolo de por medio, directo al grano, con la solemnidad que ella sabía que se merecía la noticia: éramos el Premio Euskadi al Comercio Vasco 2026. Me eché a llorar sin poder evitarlo, ahí, de pie, con el teléfono pegado a la oreja como si fuera lo único sólido que quedaba en la tienda. Intenté agradecérselo balbuceando lo que pude. No pude. No pude dejar de llorar. Creo que la pobre Izaskun tuvo que pasar un mal rato al otro lado de la línea, pero también, sospecho, se llevó algo que para ella era también importante: la certeza de que aquel premio no caía en saco roto, que alguien, al otro lado, se estaba deshaciendo de alegría.
Luego llegó la constatación: el acto de entrega de los premios en San Telmo. Ha pasado ya un mes desde entonces. Treinta mañanas desde que el silencio solemne del Museo San Telmo se rompió con un aplauso que llevaba tres generaciones gestándose bajo las piedras de la calle Secundino Esnaola de Zumarraga. Dicen que los premios son hitos en el camino. Nosotras preferimos pensar que son ecos: algo que suena, se aleja, y sin embargo no termina de callarse del todo. Porque el verdadero galardón no es el metal ni el diploma que hoy descansa, discreto, en una estantería que ha visto pasar medio siglo de percheros. Es el brillo en los ojos de quien entra por la puerta y nos dice «Zorionak, os lo merecéis».
El 25 de junio
Aquel 25 de junio subimos todas las escaleras del Museo San Telmo. El Consejero, Javier Hurtado, sostenía el premio en sus manos, esperándonos arriba. Y en ese tramo de escalones, tan corto, era inevitable que la memoria volara hacia atrás, hacia aquel septiembre de 1976. En mi mente no estaba el protocolo, sino el sonido metálico de una persiana. La que mi madre, María Carmen Municha, levantó por primera vez con el coraje de quien no solo abre una tienda, sino que siembra un propósito y no sabe, todavía, que le está poniendo nombre a medio siglo.
Aquel gesto de 1976 fue un acto de fe, sin más red que la fe misma. Hoy, ese propósito se ha convertido en una cadena de confianza que une generaciones. El premio reconoce nuestra digitalización, la apuesta por las ferias internacionales, allá vamos, a todas partes, a París, a Florencia, a ver qué hacen otros con la moda. Pero en Mentxu y Yone sabemos que la innovación más vanguardista sigue siendo la de mirar a los ojos y escuchar. El algoritmo será eficiente, pero no recuerda el nombre de un hijo. No sabe qué prenda le hará sentir especial en su primer día de colegio. No se da cuenta cuando el niño al que vestimos hace veinte años vuelve, convertido ya en padre o madre, a vestir aquí a su propio hijo.
Lo que cambia, lo que no
Nos han preguntado mucho este mes qué cambia tras ser elegidas el mejor comercio de Euskadi. La respuesta es, quizás, la más verdadera de nuestras verdades: cambia todo para que nada cambie. Seguimos subiéndonos a los mismos aviones de siempre, con la misma libreta donde apuntamos telas y colores como quien toma notas de un dictado urgente. En París seguimos perdiéndonos a propósito por calles que no llevan a ningún showroom, solo para ver cómo viste una ciudad a sus niños un martes cualquiera. En Florencia seguimos maravillándonos de tanta creatividad. Volvemos siempre cargadas. No solo de muestrarios. Volvemos con la certeza silenciosa de que el mundo, por muy lejos que viajemos a buscarlo, cabe entero en una percha de la calle Secundino Esnaola de Zumarraga. Seguimos formándonos en inteligencia artificial para contar mejor nuestra historia. Y seguimos atendiendo para que nuestras clientas se sientan, sencillamente, como en casa.
El eco de los aplausos en Donostia se va atenuando. Pero el latido del mostrador en Mentxu y Yone suena hoy más fuerte que nunca. Porque este premio no es un punto de llegada, sino un nuevo aliento para demostrar que el comercio local no es nostalgia: es el futuro más humano que podemos construir.
Gracias por ser el eslabón que mantiene viva esta historia. Mañana, como cada día desde hace cincuenta años, la persiana volverá a subir, con ese mismo sonido metálico que un día fue el primer verso de todo esto. Y lo hará con la misma ilusión con la que una mujer valiente la levantó por primera vez en 1976, sin saber todavía que estaba escribiendo el principio de una historia por la que, cincuenta años después, sus hijas llorarían de alegría por teléfono.
